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Los días empezaron a sucederse. Desde aquel mismo lunes, María me venía a buscar al Instituto en su coche. Pasábamos las tardes sobre sus sábanas, siempre revueltas. Luego, invariablemente, me dejaba en la puerta de mi casa con un cariñoso beso. Dejé de ver a las pandillas de jovenzuelos desarrapados y prácticamente sólo me dedicaba a ella. No necesitaba nada más.

Nunca más vistió tan discretamente como cuando estuvo con mis padres aquella tarde de domingo. De hecho, nunca más la vi cubrir sus piernas. Ni un solo pantalón en su repertorio de faldas y mucho ombligo al aire. Era durante los fines de semana cuando más trozo de piel exponía, porcentaje que aumentó conforme el año avanzaba y con él las temperaturas escalaban por el termómetro.

Desde el mediodía del viernes, vivía en un estado de aceleración y locuacidad extremo que yo sabía, al menos en parte, producto de la cocaína. Aunque, muy a mi pesar, mi obligaba a ir a casa a las doce de la noche y ella seguía con su fiesta eterna, ya no representaba tan duro trance para mí, porque al día siguiente me esperaba en su casa dormilona y mimosa, tierna y seductora, como sólo ella lo sabía ser. Antes de acabar mayo, tenía una llave de su apartamento.

—No me gusta nada tener que salir a recibirte —me dijo—. Prefiero que me despiertes en la cama.

Y yo estaba, naturalmente, encantado de encontrar su pálido cuerpo desnudo en pleno sueño y despertarla con mil besos y caricias, cada vez distintas.

Tenía cientos de amigos por toda Zaragoza. Era la persona más social que podía imaginarme. No había un bar de cualquiera de las zonas de marcha de toda la ciudad en la que no se acercasen al menos dos personas a saludar. A pesar de eso, en ningún momento sentí celos o pensé que nuestra relación peligrase. Su mirada, tan franca, me mostraba su amor, del que yo no tenía dudas.

Pero María era una descomunal mentirosa. Tanto que a veces me hacía dudar que fuera verdad que me amase. Incluso aunque de sus ojos del color del hielo gritasen un mudo “te quiero”. Y es que a cada persona con la que hablaba le contaba una historia que podía parecerse o no a la realidad, según le conviniese. Yo la dejaba hacer, no la contradecía. Además, para la mayoría de sus amigos de los bares, su joven novio parecía simplemente no existir, así que no raramente tenía que decir algo.

Estar en silencio no me molestaba. Yo era de natural taciturno y la chica estaba normalmente más ensimismada en hablar de sí misma que en preguntar nada sobre mí. Si alguna vez lo hacía, sólo era por algo directamente relacionado consigo misma. Yo era feliz con ese implícito acuerdo.

Una noche de mayo nos movíamos en una de las concentraciones de bares más grandes de la ciudad: el Casco Antiguo, barrio de fiesta universitaria por excelencia. Yo, como era habitual, estaba bastante hastiado del ruido y el humo. María era mi única razón para estar allí y ella era también consciente de que no era mi ambiente, aunque jamás me había preguntado cuál era. Hasta Inés, la sofisticada, la distante, se esforzó por venir un día a recorrer El Gancho de mi mano. Como he dicho, no me importaba. Tampoco es que esas estrechas callejuelas tuvieran algo bueno que ofrecer, más allá de marginación y pobreza.

A las once y media, la chica decidió que, antes de mandarme a casa, quería dar un paseo conmigo por las murallas, hasta el Ebro. Eran unos cientos de metros que le servirían para descansar de su incesante movimiento y pasar el último rato íntimo del día a mi lado. Al otro lado de la Avenida de César Augusto empezaban las que eran entonces las zonas menos recomendables de toda la ciudad. En medio estaba el Mercado Central, que había sido construido a principios de siglo y que pedía a gritos una remodelación que siempre se anunciaba y nunca llegaba. En todo su entorno, yonkis y vagabundos malvivían. Incluso, cuando el mono apretaba lo suficiente, podían tirar de navaja para conseguir lo que les faltaba para comprar la papelina que les diera un poco de paz.

Aquella noche, dos de ellos se acercaron a nosotros. Eran jóvenes, como todos. Pocos llegan a viejos antes de que el caballo los consuma como una vela barata. En sus ojos demacrados se descubría un deseo vivo en vez de la acuosa mirada perdida. Eso me puso inmediatamente en alerta.

Venían de frente. No querían camuflar sus intenciones. Como tantas veces, mi mente se puso a trabajar a toda velocidad, buscando salidas, opciones… ¿Escapar? ¿Podría correr María con sus taconazos imposibles? Estaba claro que no. La única opción que me quedaba era atacar para darle una opción a la chica.

Si podía noquear a uno en el primer envite, seguramente tendría una posibilidad contra el segundo. Los examinaba una y otra vez. Sus pasos, sus gestos, lo que hacían con sus manos… Parecían muy enclenques pero si estaban armados iba a tener un problema. Los teníamos ya encima cuando decidí lanzarme sobre el primero que hablase.

María me vio removerme inquieto, pero no dijo nada. No reaccionaba como era de esperar. No se apretó contra mi cuerpo. No se detuvo. No reculó. Simplemente, seguía seria cuando se detuvieron.

Lo hicieron demasiado cerca de nosotros. Invadieron nuestro espacio íntimo. Podía oler su sudor seco, su ropa vieja y sucia. Podía contarles las espinillas y hasta los pelos de la barba en las tinieblas que las farolas intentaban espantar. Tiré suavemente de la chica hacia atrás, pero no me hizo caso. Había algo en todo esto que no acababa de encajar. No supe qué era hasta que la vi sonreír. ¿A quién?

—María, dile a tu chico que se relaje un poco —dijo con una voz rota uno de ellos—. Que no nos lo vamos a comer.

—Esteban, Chema… —contestó, después de una de sus típicas carcajadas—, es que mi novio es así. Le gusta protegerme mucho.

—“Pa” mí es más bien un pato “mareao” —respondió el segundo.

Me quedé mirándolo. Él me estaba estudiando también, y del mismo modo. A la manera del guerrero que busca los puntos débiles de su rival. Intuí que aquel hombre escuálido de entradas pronunciadas y melena sucia era más peligroso de lo que había estimado en un principio. Sin embargo, María los conocía y eso había quitado gran parte de la tensión de mis músculos.

—Ya hablaremos otro rato —concluyó la mujer, mientras me cogía la mano—. Ahora quiero estar con él, no tengo nada para vosotros.

Ahí aprendí que sus conocidos podían pertenecer a cualquier estrato social, por más extraño que me pareciese. ¿Qué es lo que María podía tener en cualquier circunstancia para esos dos malcarados? ¿Serían sus camellos particulares? Jamás la había visto comprar esa droga que consumía a espuertas. Poco después me besó y todo dejó de importar.

Pero María no era sólo fines de semana locos, sexo y drogas. Era una persona compleja y llena de detalles que se desvivía por hacerme sentir bien, por mostrarme lo importante que era para ella alguien que siguiese a su lado en todas las ocasiones, sin juzgar su comportamiento, su modo de vida, su desorden vital que me llevó a pensar si realmente iba a la Universidad; los exámenes se acercaban y no había cambiado ni un ápice su ritmo de juergas y fiestas.

Un jueves de mayo me llevó a las ocho de la tarde al Teatro Principal. Yo jamás había estado en un sitio así. No podía añorar lo que no conocía ¿verdad? No era algo que me llamase especialmente la atención y en mi casa no se entusiasmaban por esos actos culturales. Creíamos que el cine había superado en todo a las actuaciones en vivo. Después de todo, ¿qué podía ofrecer un limitado escenario que no tuviera una gigantesca pantalla?

Mi opinión empezó a cambiar aquel día, desde el mismo momento en que el suelo de madera crujió bajo mis pies. El edificio llevaba apenas cuatro años remodelado. Conservaba toda la magia que tenía cuando fue inaugurado en mil setecientos noventa y nueve. Tenía cuatro pisos en los que cabían más de mil personas, aunque la sensación de pequeñez era casi agobiante. Como en todos los teatros antiguos. Algo normal cuando es necesario estar cerca del escenario para enterarte de algo. Naturalmente, María tenías dos butacas de platea. Fila cuatro, centradas. No había mejor sitio para el espectáculo.

Lo que íbamos a ver era un concierto de música de cámara. Hasta que la construcción del impresionante Auditorio terminó en 1995, era el edificio en el que me sentaba el que acogía la mayor parte de los espectáculos de música clásica.

Cuando descubrí de qué se trataba, aún temí más aburrirme. Nunca había sido un apasionado de la música. Menos aún de la de siglos pasados. La asignatura de primero de BUP era un vago recuerdo y prácticamente mi único contacto con el género.

—Te va a encantar —me susurró cuando apagaron las luces.

Y, para mi sorpresa, así fue. Desde que los violines empezaron a vibrar lanzando al aire las notas que un italiano pequeño y pelirrojo llamado Vivaldi compuso a principios del siglo dieciocho, me sentí transportar, elevarse mi espíritu. La primera parte, hasta el descanso, fue completamente barroca. Händel, Purcell, incluso una de las escasas obras de Bach que no estaban pensadas para órgano. En la segunda, autores del siglo diecinueve como Mozart o Beethoven tomaron el relevo. El acto terminó con la bellísima serenata Claro de Luna interpretada por una joven pianista de rasgos asiáticos. Casi me hizo llorar. Estaba extasiado.

—Te dije que te iba a gustar, ¿verdad? —se felicitó María con una enorme sonrisa cuando salíamos de nuevo a la calle.

Asentí en silencio. Estaba demasiado aturdido aún. Mis sentidos estaban embotados por la simple belleza de los instrumentos clásicos. La chica se refugió debajo de mi brazo y me abrazó con fuerza sin dejar de caminar.

—Me encanta que te sorprenda. Que seas capaz de sentir así. ¡No pierdas nunca tu capacidad de maravillarte, por favor! —concluyó y me dio un largo y apasionado beso.

Ojalá hubiera podido cumplir su ruego, pero la vida avanza para todos. Al menos, para los que seguimos vivos. No obstante, fue ella y sólo ella quién logró despertar en mí ese interés por la cultura musical y por el teatro que ha pervivido a lo largo de los años. Ese es el legado más importante que me ha dejado y que siempre le agradeceré.

No todo eran buenos momentos. Recuerdo una discusión, la única importante, que tuvimos en Junio, dos días antes de que me dieran las notas finales. María no sólo consumía cocaína, tabaco y alcohol. Encima de la cómoda de su dormitorio le había visto unas píldoras que decía tomar para estudiar y que no eran más que anfetaminas. Algún día, me había recibido el dulzón olor del hachis. Le comenté cómo me recordaba eso al paso previo a la heroína, y aquello fue el principio de su ataque verbal. Defendió su derecho a tener su propia vida, incluso si elegía probar el caballo.

Yo le hablé entonces de lo que había conocido. En esos meses, María nunca me había preguntado por mi vida y yo no tenía ganas de hablar de aquel pasado tan doloroso en el que Diana vivía recluida por el camello de su padrastro y la yonki de su madre. Como tampoco quería hablarle de los críos que, día a día iban cayendo en las garras del jaco al que nunca abandonaban ya. De los muertos tirados en descampados con la jeringuilla aún colgando. Pero aquel día lo conté todo. Lo conté con rabia. Hasta lloré.

—No, María —le decía—. Te amo. Mucho. No quiero que acabes así. Tú no. Por favor.

Pero ella estaba fuera de sí. No atendía a razones. Hizo un encendido discurso del derecho a experimentar y de las maravillosas sensaciones que los estados mentales alterados por las sustancias le producían.

—Dicen que no hay nada parecido al placer que tienes cuando la heroína entra en tus venas. No sé por qué no he de probarlo.

Le quise explicar que esa droga era un amante demasiado exigente. Que jamás libera del todo a quienes eligen estar a su lado. Sólo conseguí más rabia, más furia.

—Hablas exactamente igual que Carmen. Igual. ¿No podéis tener vuestra vida, que tenéis que joder la de los demás?

Acabé yéndome pronto aquel día. Ni siquiera salió a despedirme. Mucho menos me acompañó en su coche. Me sentía mal. No quería ofenderla. No quería que deseara no estar conmigo. Y, desde luego, no deseaba que me comparase con su hermana, a la que poco menos que odiaba.

Sin embargo, tan apasionada defensa de la heroína me hacía pensar si quizá no la había probado ya… Sólo la idea lograba que un escalofrío me recorriera la columna. Pero no, no podía ser… María era alegre, estaba viva, no tenía los pómulos hundidos, no tenía huecos en su preciosa dentadura. No podía ser… ¿o sí? ¿Había algo que no me fijaba? Desde que había empezado la recta final hacia los exámenes nos veíamos menos… ¿sería posible qué…?

A la mañana siguiente, cuando salía para ir al Instituto, María me estaba esperando en la puerta, ojerosa debajo de su maquillaje. Nunca madrugaba. Aquello representaba todo un esfuerzo que no me pasó desapercibido.

—Siento todo lo que te dije anoche —me rogó, tras darme uno de esos apasionados e invasivos besos suyos que tanto me gustaban—. Sé que me quieres y que te preocupas por mí. No fui justa. Es tan solo… que no me gusta que cuestiones mi forma de vida. Soy como soy, Jorge. Difícil y complicada. Pero no dudes ni por un momento de todo lo que te quiero. Pase lo que pase, ¿vale, Jorge?

Quedaba muy poco para que todo acabara. Naturalmente, yo no lo podía saber y me fui a clase feliz sin saber que esas eran las últimas palabras que le iba a oír jamás.

Las notas, como siempre sobre la media de la clase, fueron un trámite que me dejaba abierto el camino a un verano a su lado que jamás llegaría.