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            No me gustaban nada las drogas. Desde que conocí a la madre de Diana, sabía lo que la heroína podía hacer en una persona. Y me había encontrado con más yonkis en mis incursiones por los barrios más deprimidos de Zaragoza. Todos parecían más cadáveres ambulantes que personas. También había visto fumar mucho hachís y no me gustaba el estado de aturdimiento en que quedaban quienes lo usaban. Además, normalmente era el paso previo al caballo.

            Recordaba especialmente a Pedro. Era un par de años mayor que yo. Lo conocí después de una de mis primeras peleas, en 1989. Era alto y serio. Casi nunca sonreía. Sin embargo, cuando alguno de sus amigos necesitaba ayuda para cualquier cosa, ahí estaba él. Desde ayudar a una familia en una mudanza, a conseguir cualquier cosa que estuviera en su mano, por medios legales o no. Descubrí después de un tiempo que la situación en su casa no era la mejor. Su padre era un delincuente habitual y además maltrataba a su mujer e hijos. Prácticamente vivían de lo que robaba el cabeza de familia. Finalmente lo mandaron a la cárcel y, del mismo modo que dejó de azotarles con el cinturón, dejaron de tener dinero para comer.

            Poco a poco, Pedro fue dejando de ver a sus amigos. Un día, el año pasado, lo vi tirado en un descampado, con la jeringuilla aún en el brazo. Después de esa vez, lo encontré moqueando un par de veces por el centro, mendigando. Ni siquiera me reconocía. Y si lo hacía, sólo era para que le diera alguna moneda. Todo perdió el sentido en su vida. Su madre, a la que adoraba, su pandilla, que era su segunda casa… Todo. Realmente, el Pedro que yo conocía había muerto el día que eligió el jaco para escapar de sus problemas.

            Pero en los ambientes por los que me movía había poca cocaína. Siempre había sido una droga de ricos. No sabía aún los estragos que podía causar en una persona, pero sí conocía sus efectos estimulantes y antagónicos del alcohol. Algunas cosas de la noche anterior empezaron a encajar. Por eso María había podido levantarse tan rápido cuando la encontré, aún estado muy bebida. Por eso tenía esa energía inagotable toda la noche. Por eso hablaba tanto y tan rápido. Por eso sus besos sabían a medicina.

            María, seguía pareciendo un ser humano. Reaccionaba. Sonreía. Quería divertirse. Era tan diferente a cualquier drogadicto con los que me había cruzado…

            —Llevas toda la tarde muy callado —me dijo, ya en la calle—. ¿Es por algo que te haya dicho?

            —No, nada —mentí—. Estaba pensando en mis cosas.

            Empezamos la tarde en algunos pequeños cafés cercanos a su domicilio. Para variar, en todos los sitios parecían conocerla. No me dejó pagar ni una sola consumición. Hablamos mucho. Sobre todo, habló ella, María Ólvega. Me contó su niñez en Soria, las ausencias de su padre, siempre distante, sus rebeldías infantiles, el eterno disgusto de su madre por cualquier cosa y en cualquier ocasión… No lo dijo explícitamente, pero me quedó claro que había sido una niña infeliz.

            Finalmente, al hablar de su hermana el tono cambió. Y yo no pude evitar preguntarle:

            —Siendo tú tan rubia… ¿cómo es que tu hermana tiene el pelo tan negro?

            Me obsequió una vez más con su mirada “estoy hablando con un marciano” antes de contestar.

            —¿De verdad me preguntas eso? —al ver mi cara de incomprensión, se encogió de hombros y respondió—. Ni ella es tan morena ni yo tan rubia. Las mujeres hacemos cosas con nuestro pelo, ¿sabes?

            —Ya pero… —intenté buscar una explicación, ya que de repente me sentía algo estúpido al no haber pensado en algo tan simple como tintes.

            —En mi familia somos más bien de piel y pelo claros. Sobre todo, por parte de madre. Pero a mi hermana, doña perfecta, nunca le ha gustado destacar. En su clase era la única niña rubita. En cuanto pudo, se tiñó de oscuro y así sigue.

            —Justo lo contrario que tú, ¿verdad? —dije al recordar su espectacular y llamativo vestido de la noche anterior.

            El de hoy no le iba a la zaga. Me preguntaba si esa chica cubría alguna vez sus piernas.

            —A ti lo que te pasa —disparó, medio en serio, medio en broma— es que te gusta más Carmen…

            —¡Por supuesto que no! —dije, indignado. ¿Cómo me podía gustar alguien que cono conocía?

            —¡Ya lo creo que sí! ¡Si se ha llevado lo mejor de la familia! Es lista, es guapa, tiene buen cuerpo… ¡Tendrías que ver qué tetas gasta!

            María parecía fuera de sí. No hablaba para ofenderme a mí, aunque lo estuviera consiguiendo. Hablaba para menospreciarse ella. Sólo que yo no lo sabía ver aún. Las motivaciones ocultas de la gente, con dieciséis años, me resultaban tan invisibles como el uso del tinte por parte de las hermanas Ólvega.

            Quería que callase. ¿Era una lágrima eso que asomaba a sus maquilladísimos ojos? Seguramente no… ¿O sí? Finalmente, opté por actuar impulsivamente. Me levanté y la besé. No sólo no me rechazó, sino que respondió a mi beso y tomó la iniciativa. Fue un beso apasionado, animal. También lleno de rabia. Pero sirvió para que volviese a ser ella.

            —María —le dije—. Me gustas tú. Nadie más que tú —mentí de nuevo, ya que Diana nunca dejaba de pasear ocasionalmente por mis pensamientos—. Te podría llegar a querer —eso era estrictamente cierto— si tú te dejases.

            —Ten cuidado con lo que deseas —contestó, tras un periodo de silencio en que clavó en mí sus ojos casi grises, como si buscase algún asomo de burla en ellos—. Podría cumplirse.

            La tarde se convirtió rápidamente en noche. De nuevo me llevó a esos sitios llenos de gente y ruido que algunos llaman “bares”. De nuevo bebió. De nuevo mostró una energía desbordante, salvo que esta vez sus numerosas excursiones al baño no eran ningún secreto para mí. De nuevo me llevó a su casa de madrugada. De nuevo me utilizó para su placer y yo obtuve el mío.

            De nuevo se hizo demasiado tarde. Pero me importaba menos porque, cuando estaba sentada a horcajadas sobre mí, desnuda, sudada y temblando por la pasión con sus pezones duros como piedras apuntándome directamente a la cara, dos palabras habían salido de sus labios:

            —Te quiero.